¿La creación de riqueza o la redistribución?

Una visión bíblica para bendecir a la sociedad en el nombre de Jesús

En el discurso contemporáneo, la riqueza suele interpretarse como un recurso limitado que debe repartirse equitativamente para garantizar la justicia social. Sin embargo, esta narrativa descansa sobre una falacia económica conocida como el «juego de suma cero», que presupone que la riqueza de uno solo puede aumentar a expensas de otro. En contraste, el cristianismo bíblico afirma que la riqueza no solo puede ser creada, sino que debe serlo, como un mandato divino para bendecir a nuestras comunidades y glorificar a Dios.

La Creación de Riqueza: Un Llamado Bíblico

Desde el Génesis, Dios instruye al ser humano a ejercer dominio sobre la creación, cultivarla y multiplicarla (Génesis 1:28). Este mandato cultural no es una simple tarea de mantenimiento; es un llamado a transformar los recursos dados por Dios en formas que beneficien a la humanidad. Aunque a menudo distorsionada por el pecado, la creación de riqueza no es en sí misma un acto egoísta, sino una respuesta obediente al mandato de ser fructíferos y llenar la tierra.

En lugar de concebir la riqueza como un pastel de tamaño fijo (lo comes y ya no lo tienes) los cristianos están llamados a verla como un campo fértil que puede ser cultivado para producir alimento año tras año. Del mismo modo que un agricultor toma semillas y las convierte en una abundante cosecha, el trabajo diligente y la innovación pueden transformar lo pequeño en algo grande y significativo. La innovación, la cooperación y el esfuerzo son herramientas otorgadas por Dios para multiplicar los recursos y beneficiar a toda la sociedad.1

Para dar otro ejemplo sencillo, imagina un río caudaloso que atraviesa un pueblo. Si el pueblo utiliza este recurso para construir un molino, el agua no solo sigue fluyendo para beneficio colectivo, sino que también genera nueva energía para moler el grano, elevar la producción y alimentar a más familias. Este es el modelo bíblico: la creación de riqueza produce beneficio para muchos, no solo para el creador.

Un ejemplo contemporáneo de la creación de riqueza es Airbnb, una plataforma que permite a las personas rentar habitaciones o propiedades no utilizadas, convirtiendo bienes inactivos en fuentes de ingresos. Gracias a esta innovación, los propietarios pueden generar riqueza a partir de recursos que de otro modo no habrían producido nada, mientras que los viajeros obtienen opciones de alojamiento más económicas y personalizadas. Además, el impacto económico se multiplica cuando el turismo generado por Airbnb impulsa negocios locales, como restaurantes, tiendas y servicios de transporte. Este tipo de innovación solo es posible en un mercado libre, donde las personas tienen la libertad de emprender, competir y colaborar sin tantas restricciones de parte del Estado.

Estos ejemplos refuerzan la necesidad de entender que la riqueza no es un recurso estático, sino un flujo dinámico que puede multiplicarse con creatividad y libertad. Al valorar y defender un mercado libre, los cristianos no solo fomentan la innovación, sino que también modelan cómo una economía justa puede reflejar el diseño de Dios para bendecir a las comunidades y contribuye a la prosperidad compartida sin una redistribución impuesta por el estado.

Los Peligros de la Redistribución

Aunque pueda ser motivada por nobles intenciones, la redistribución de la riqueza perpetúa una visión distorsionada de la economía y de la naturaleza humana. Cuando el Estado se erige como principal agente de redistribución, fomenta la dependencia, desincentiva el trabajo arduo, la innovación y la responsabilidad personal. En lugar de elevar a los pobres, estas políticas tienden a atraparlos en ciclos de pobreza, debilitando su capacidad para generar riqueza por sí mismos.2

Además de desanimar la responsabilidad individual y la creatividad humana, la redistribución obligatoria sustituye el papel de la iglesia y la familia en el cuidado de los necesitados, centralizando la caridad en un sistema estatal que a menudo es ineficaz y corruptible. Es como un pozo que promete agua para todos, pero que termina secándose por mala administración y abuso, y a la vez que produce una clase de gente que tiene demasiada flojera para llevar a rellenar su propia cubeta, mucho menos cavar su propio pozo algún día.

«Porque aun cuando estábamos con vosotros, os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma» (2 Tesalonicenses 3:10).

El Impacto de la Ética de Trabajo Protestante en la Prosperidad

La enseñanza de Calvino en Institución de la Religión Cristiana de que «la caridad cristiana no consiste en quitar al rico para dar al pobre, sino en enseñar a ambos a vivir en justicia y amor»3 refleja un principio central de la ética de trabajo protestante, que moldeó profundamente el desarrollo económico de países como los Estados Unidos. Esta ética fomenta la diligencia, la responsabilidad personal y el uso de los recursos para glorificar a Dios y servir a la comunidad. En lugar de promover la dependencia a través de políticas redistributivas, se alentó a las personas a trabajar con excelencia, invertir en su vocación y reinvertir las ganancias en sus comunidades. Este enfoque no solo elevó los estándares de vida, sino que también creó sociedades prósperas donde la riqueza era vista como una oportunidad para bendecir a otros. El resultado fue una cultura que valoraba tanto la justicia como el amor práctico, contribuyendo significativamente al crecimiento económico y al bienestar social, tal como se vio en el desarrollo de instituciones educativas, obras de caridad y mercados innovadores en las naciones influenciadas por esta cosmovisión bíblica.

Cómo Cambiar la Mentalidad

El cambio comienza con el ejemplo. Los cristianos están llamados a demostrar una ética de trabajo sólida, creatividad en sus vocaciones y generosidad en sus comunidades. Al modelar cómo la creación de riqueza puede ser un medio para bendecir a otros, pueden contrarrestar la narrativa predominante que demoniza a quienes prosperan económicamente.

  • Educación: Los cristianos deben enseñar principios bíblicos sobre economía y generosidad en sus familias, iglesias y escuelas. Esto incluye mostrar que la riqueza no es intrínsecamente mala, sino que puede ser un vehículo poderoso para extender el reino de Dios.
  • Iniciativa Local: Las iglesias deben liderar el desarrollo económico en sus comunidades promoviendo el emprendimiento, apoyando proyectos locales y ofreciendo capacitación para que los necesitados puedan ser autosuficientes. Esto transforma la caridad de un acto de dependencia a uno de dignidad.
  • Discipulado: Los cristianos deben discipular a otros para que vean el trabajo como una vocación sagrada. Esto incluye enseñar que el éxito económico puede ser una plataforma para el servicio, no un fin en sí mismo.

Por ejemplo, una iglesia puede ayudar a una familia necesitada no solo con alimentos, sino también con las herramientas necesarias para iniciar un pequeño negocio. Al final, la familia no solo superará su necesidad inmediata, sino que también podrá contribuir al bienestar de otros.

«El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad» (Efesios 4:28).

Una Sociedad Bendecida por Cristo

Cuando los cristianos adoptan una mentalidad de creación de riqueza, la sociedad en su conjunto experimenta los beneficios. Más allá del impacto económico, se cultiva una cultura de responsabilidad, innovación y generosidad. La creación de riqueza no es solo un asunto financiero; es una cuestión espiritual, un reflejo del carácter de un Dios que multiplica lo que le damos y nos llama a ser sus mayordomos fieles.4

En lugar de perpetuar la falacia de la suma cero, los cristianos tienen la oportunidad de transformar la narrativa económica de nuestra cultura, promoviendo un modelo de abundancia que bendiga a los demás en el nombre de Jesús. Así, mostramos al mundo que la verdadera riqueza no reside en los recursos materiales, sino en el carácter redimido de una sociedad que vive bajo el señorío de Cristo.

El campo fértil, el río caudaloso y las herramientas del taller nos demuestran que servimos a un Dios generosos y creativo que nos invita a trabajar, multiplicar y compartir. Nuestra esperanza no está en la riqueza terrenal, pero al recibir la bendición económica la podemos usar y multiplicar para extender el reino de Dios y así sembrar para la eternidad.

«Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré» (Mateo 25:21)

Fuentes :

  1. Ludwig von MisesLa Acción Humana y Thomas SowellEconomía Básica: Una Guía de Sentido Común para la Economía ↩︎
  2. David ChiltonCristianos Productivos en una Era de Manipulación por Culpa ↩︎
  3. Juan Calvino – Institución de la Religión Cristiana, Libro IV, Capítulo XX, Sección 1 ↩︎
  4. Wayne GrudemLos Negocios para la Gloria de Dios: Enseñanza Bíblica sobre la Bondad Moral de los Negocios ↩︎