¿Buenos estudiantes o buenas calificaciones?

Evaluando estudiantes de forma clásica

Por Jason Modar

Introducción

¿Qué es la Educación Cristiana Clásica? Es la transmisión del rico patrimonio cultural del Occidente Cristiano a la siguiente generación y el proceso de moldear las almas humanas. ¿Los sistemas numéricos modernos de calificaciones ayudan o inhiben estos objetivos? La respuesta, en pocas palabras, es que pueden inhibir fácilmente los objetivos de la Educación Cristiana Clásica. Se lo explicaré.

Los padres y los Departamentos de Admisiones de las Universidades suelen definir hoy el éxito académico por aspectos como un alto promedio de calificaciones y altas puntuaciones en los exámenes estandarizados. “¿Por qué la nota de mi hijo es tan baja?”, o “¿Puedo hacer algún crédito extra para aumentar mi calificación?” son preguntas habituales de padres y alumnos. Aunque estas preguntas merecen una respuesta legítima en relación con el estatus que tienen las calificaciones numéricas dentro de un modelo educativo concreto, también traicionan una filosofía subyacente de la educación que a menudo está reñida con la formación en Artes Liberales.

El propósito de esta entrada de blog no es convencer a padres y educadores de que conviertan el aula en un “safe space” desprovisto de normas objetivas. El propósito es conseguir que los padres evalúen el énfasis moderno en las calificaciones numéricas y crezcan en su comprensión de los objetivos cristianos clásicos. Específicamente, las escuelas cristianas clásicas están mucho más interesadas en asociarse con Dios como colaboradores en la formación del carácter de los alumnos que en dar a los niños una forma de moneda de canje llamada “calificaciones”.

Las calificaciones en relación con la verdad, la belleza y la bondad

En la Historia de la Educación la noción de “calificación” es un fenómeno nuevo. No fue hasta mediados del siglo XIX cuando las calificaciones empezaron a convertirse en un asunto común en las aulas. ¿Cómo evaluaban Homero, Boecio, Jane Austen y otros gigantes intelectuales y literarios del Occidente Cristiano la calidad de sus alumnos? Los evaluaban según los criterios trascendentales de la verdad, la bondad y la belleza. ¿Qué son la verdad, la bondad y la belleza?

Pilato, aquel lamentable funcionario romano, le preguntó una vez a Cristo: “¿Qué es la verdad?”. La Tradición Cristiana Clásica responde a esta pregunta afirmando que la verdad es la revelación que Dios hace de su mundo ordenado, razonable y objetivo, y que el hombre tiene la capacidad de descubrir dicha verdad. La bondad es la excelencia o virtud de una cosa o persona y puede encontrarse tanto en los lugares más esperados (por ejemplo, la Biblia) como en los más inesperados (por ejemplo, la literatura pagana). La belleza es aquello que capta nuestra mirada, atrae nuestra atención e inspira nuestro asombro. Es la hermosura y el deseo de lo verdadero y lo bueno. En conjunto, estos trascendentales son el fundamento no sólo de lo que significa evaluar clásicamente, sino también de lo que significa evaluar lo que es verdaderamente humano.

Armado con una comprensión adecuada de la verdad, la bondad y la belleza, uno puede descubrir más fácilmente algo falso, vicioso y feo. El Dr. Brian Williams, decano del Templeton Honors College, dijo en el curso de ClassicalU, Assessing Students Classically (Evaluando estudiantes de forma clásica): “Si habituamos a los estudiantes a sacar buenas notas, los alimentamos hacia la curiositas y socavamos los intentos de cultivar su formación intelectual, afectiva, moral, y espiritual”. ¿Qué es la curiositas? En latín, curiositas significa curiosidad y se trata de un vicio que abusa del intelecto para buscar el conocimiento con fines carentes de sentido real. Por ejemplo, para ejercer poder sobre los demás o para obtener buenas notas.

Fácilmente podemos idolatrar al conocimiento cuando se persigue con fines meramente utilitarios. Las calificaciones se convierten entonces en una vaca lechera cuyo único propósito es ser intercambiada por bienes y servicios como ayudas financieras y cartas de aceptación en la Universidad. Por el contrario, los educadores clásicos quieren que el conocimiento se utilice en el esfuerzo diario de habituar a los estudiantes a amar el aprendizaje, a ser virtuosos y a aprender las artes que les liberan para ser hombres y mujeres libres. Las calificaciones no contribuyen a estos objetivos porque, históricamente, sólo reflejan el dominio académico, no el desarrollo del carácter.

Tan común como ver salir el sol es observar a los estudiantes estresarse por recibir una determinada calificación en un examen. Una vez que han asimilado los conocimientos, simplemente los transmiten a una evaluación, abandonan el aula y siguen adelante. Es muy posible que nunca vuelvan a pensar en el contenido que estudiaron laboriosamente el día anterior. Esta actitud hacia las calificaciones es radicalmente opuesta al fomento del amor por el aprendizaje y la formación en la virtud. Debe haber mejores formas de evaluar a los alumnos que la mera exigencia de calificaciones.

Una ilustración proveniente del mundo del Atletismo capta muy bien la visión de lo que significa evaluar a los alumnos de forma clásica. Nunca encontraremos un buen entrenador de baloncesto que califique a sus jugadores por sus tiros en suspensión. La sola idea es absurda. En su lugar, el entrenador corrige el juego de pies de los atletas, la posición de su cuerpo hacia la canasta, su lanzamiento y cualquier otro aspecto de un tiro en salto en el que sean deficientes. El mismo tipo de entrenamiento debería tener lugar en el aula de clases. Por ejemplo, los estudiantes deberían recibir algo más que el comentario vacío de la letra B en la parte superior de su ensayo. El profesor cristiano clásico proporciona información específica, detallada y oportuna sobre el desarrollo de los alumnos como escritores y pensadores críticos. Esta retroalimentación es lo que importa. Podría decirse que esta retroalimentación debería ser lo único que un estudiante toma en cuenta antes de que siquiera el asunto de una calificación pase por su mente. El objetivo no es que Juan Pérez obtenga un 94% en sus redacciones; el objetivo es que Juan se convierta en un joven elocuente que transmita sus pensamientos con veracidad y belleza a través de la palabra escrita.

Un conjunto de exámenes nunca deben indicar a los alumnos que el aprendizaje ha terminado. Sí, los exámenes pueden evaluar el desarrollo y la comprensión por parte del alumno del material aprendido. Un examen debe cumplir esas funciones. Sin embargo, un examen se desaprovecha cuando solo se ve como volcar una serie de datos, en lugar de aprovechar una oportunidad para desarrollar herramientas de aprendizaje críticas. Por ejemplo, un ensayo sobre La tempestad, de Shakespeare, no debería significar que el tiempo que un alumno dedica a Shakespeare ha llegado a su fin ni que escribir ensayos sobre grandes obras de la literatura deba considerarse algo sin valor. Más bien, un ensayo se convierte en una herramienta cuando desarrolla las habilidades de escritura del alumno y cultiva en él el deseo de interactuar reflexivamente con grandes autores y grandes libros.

Conclusión

Entiendo que con el título de este artículo estoy presentando algo así como la falacia de “o lo uno o lo otro”. Por supuesto, muchos buenos estudiantes sacan buenas calificaciones. La diligencia suele traducirse en pericia. Adquirir tanto la excelencia como la diligencia es factible. Pero, como señala C.S. Lewis en una carta publicada en The Collected Letters of C.S. Lewis (Vol. III), cuando las cosas secundarias se convierten en las primordiales, se pierden ambas. Las calificaciones son un ejemplo de las “cosas secundarias”. Los jóvenes virtuosos que aman a Cristo y hablan con elocuencia son las “cosas primordiales” por las que se esfuerzan los educadores clásicos.

La profundidad de este tema va más allá del alcance de este artículo. Concluiré con un experimento mental destinado a cuestionar los supuestos subyacentes que uno pueda tener en relación con la educación. Si se liberara por completo de las calificaciones y de un sistema de calificaciones, ¿qué les pediría a sus alumnos y a sus hijos que hicieran y cómo los evaluaría? ¿Qué le gustaría que su hijo o hija, o incluso usted mismo, obtuviera de su educación si las calificaciones ya no formaran parte de la ecuación? Reflexionar y responder a estas preguntas vale su peso en oro.

Sobre el autor

Jason Modar es Profesor de Humanidades nivel secundaria y preparatoria de Regents Academy en Nacodoches, Texas. Está casado con Kelsie desde hace siete años. Tienen tres hijas y un hijo. Jason colabora en la revista Classic y participó como orador en la conferencia 2023 de la ACCS.
Este ensayo fue traducido con su permiso por Eliud Bouchant

Más recursos sobre este tema:

Serie: Los fundamentos de la educación cristiana clásica